“No es necesario que me atéis” y me hice un ovillo en el sofá de la habitación del psiquiátrico. Me puse en posición fetal en actitud de resistencia pasiva. Entre 4 enfermerxs, me cogieron y me devolvieron a la cama con sujecciones. Ahí empecé a patalear y defenderme, pero ellxs 4 eran más fuertes que yo. Y me contuvieron mecánicamente. Las dos muñecas, los dos tobillos y una correa justo por debajo del pecho. Sentí compasión por parte de dos de ellxs, como si estuvieran cumpliendo una orden que no les gustaba, pero no les quedaba más remedio que cumplir. Otro ejerció su fuerza, con tanta intensidad que casi me rompió un codo. Y ni un ápice de compasión. Conocía bien su trabajo y lo realizó sin ningún remordimiento. Yo seguía estirando manos y pies con toda mi fuerza para zafarme de las ataduras. La correa de debajo del pecho me apretaba muchísimo casi impidiéndome respirar. Y una mano se me hinchó en el forcejeo. Entonces llegó el inyectable para contenerme químicamente. Y después la nada hasta que desperté atada y dolorida.

Esto me ha sucedido a mi. Y sigue sucediendo continuamente en ingresos psiquiátricos, en cárceles, incluso en residencias de ancianos.

La ONU dice que es violación de los derechos humanos. Y para mi fue tan traumático como otras violaciones que he padecido.

Mensaje para aquellxs enfermerxs que cumplían órdenes, pero sintieron compasión: EXISTE LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA. NO VOLVÁIS A ATAR A NADIE NUNCA MÁS. ES UNA VEJACIÓN INSOPORTABLE. Y SÍ, SÍ HAY OTRXS MÉTODOS. DE HECHO EN ALGUNOS PAÍSES EUROPEOS HAN ABOLIDO ESAS PRÁCTICAS. BASTA YA DE TORTURA.